Tras treinta y cuatro noches encerrado en aquella habitación, decidió salir, era un martes creo recordar, o puede que fuese jueves, aún hoy sigo sin tenerlo muy claro.
Siempre acompañado por su bufanda roja y por sus cigarrillos sin marca ni precio, se fue, mientras desdibujaba una media sonrisa de su cara a la vez que atravesaba el umbral de la puerta, el frío de un atardecer de invierno lo sorprendió y azotó sus mejillas de manera violenta.
El asfalto aún mojado por la lluvia de la tarde brillaba bajo la luz artificial de las farolas, el aspecto de aquella calle vacía era desolador.
Comenzó a caminar sin rumbo claro, inmerso en sus pensamientos, en aquellos que había dejado abandonados para evitar momentos indeseables junto a cierta compañera de barra, que no quería volver a ver.
Tú con los pies descalzos y la mirada perdida, no llevabas maletas ni una moneda encima, cuando te encontré vagando sin dirección alguna.
Teñimos de vino tinto nuestras palabras y disfrutamos del mejor regalo que jamás dos desconocidos se pudieron dar.
Él se despidió con un beso en los labios, y una mirada.



